Reminiscencia en varas: Belmonte, Joselito y Ferrera



Las grandes tardes, bien amuebladas en recónditos rincones de mi memoria, regresan repentinamente, imitando la trayectoria de un boomerang. Como aquella del 5 de mayo del presente año, en plena Feria de Abril, cuando Antonio Ferrera, tras dos años en el dique seco, cotas de pureza y clasicismo dignas de comparación, en determinado tercio, con dos grandes colosos de la historia de la tauromaquia, cuyos nombres están bordados en oro: José Gómez Ortega y Juan Belmonte García.

Obviamente, mi referencia se dirige hacia la suerte de varas. Aquella que, hasta la Edad de Oro, primaba sobre una importancia de faena todavía incipiente que, años adelante, conformaría el eje central de la lidia. A modo de anécdota, los mayorales utilizaban un código numérico dedicado a reseñar tres cuantías: acometidas hacia el caballo, varas recibidas y jacos despanzurrados, situación nada extraña desde los orígenes de las corridas de toros hasta 1927, cuando la reglamentación impuso el parapeto y la evolución del primer tercio hacia otros derroteros abiertamente criticados a posteriori.

Es decir, la lidia, hasta la rivoluzione de José (toreo en redondo) y Juan (cruce al pitón contrario, esto es, parar, mandar y templar), pivotaba sobre varas y estocada. De ahí esa sapiencia añeja del quite capotero, su variedad y destreza características en los diestros decimonónicos y de principios de siglo pasado, tan imitada hogaño de manera artificial por la mayoría. La desprotección del corcel y el continuo desfile de ejemplares obligaba a quitar de la manera más variopinta.

Hay que mencionar, de igual forma, las características del astado en aquella época. El menor volumen, peso y nobleza, pero superior bravura y casta, ayuda a comprender la carencia estética (en aquellos entonces, el súmmum) en los lances: media altura, poco temple... Lógico, el romaneo de la res antojábase impracticable y el picador no recargaba con la puya que, para más inri, contaba con profundidad escasa.

Con esta semblanza histórico-técnica, lo audiovisual es más comprensible y valorable en su justa medida. Porque enjuiciar acontecimientos pasados bajo un canon, o vara de medir, actual, sin tener en cuenta las particularidades de cada época, supone un error de bulto.

Comenzamos con Juan. La silueta blanquecina del burladero y el estribo, por comunes que parezcan, son Real Maestranza pura y dura, sabor añejo de un lugar con esencia imperenne, desde Pepe-Hillo o Costillares hasta el mismísimo Roca Rey. Observen con atención el panorama: junto al caballo del topetazo, pacen dos más a una distancia relativamente corto. Nada de aquí y allá, guardando puerta. Son detalles indicadores de mortalidad en las monturas de la época. Tras el encontronazo con derribo, Belmonte compone una serie capotera de dos lances: farol y esa media verónica tan personal, finalizada con la tela enrollada alrededor de la cintura. Desplante torerísimo. El tendido enloquece.

Otro caballo al suelo. Eso sí, no de forma tan aparatosa. Joselito también compone escuetamente para quitar. Par de lances: frente por detrás y una finalización con sello del duende gitano gallista. Recalcando ideas anteriores: es lo consentido por el toro de aquellos tiempos. Por cierto, sorprende la semejanza en pinta de esta res con "Atrevido", el famoso toro blanco lidiado por Antoñete en 1966.

Han pasado cien años. El toreo, técnica, económica y socialmente, como en la mayoría de ámbitos, muta. A mejor y a peor, según el prisma. La selección ganadera, ambicionada e ideada por Gallito, es un sueño patente desde décadas atrás. La pujanza, menor. La puya y su castigo, mayor. El de El Pilar embiste con una dulzura admirable, que permite a Antonio Ferrera ridiculizar, cuantitativa y cualitativamente, a los dos protagonistas anteriores: cuatro faroles templadísimos y dos remates para colocar en suerte, de cara al segundo puyazo.

La importancia de la muleta ha engullido lo restante, pero el toro moderno permite esa clase de detalles pretéritos que no deben pasar inadvertidos. Por ello, ensalzo gustosamente la torería y la longitud de José Antonio Ferrera San Marcos, uno de los nombres propios en la presente temporada.

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