El 'cacareo' de Morante

Morante de la Puebla | Javier Arroyo

En las Corridas Generales, Aste Nagusia o llámese como quiera, debió comparecer, en la tarde de ayer, Morante de la Puebla, junto a El Juli y Andrés Roca Rey. Fue sustituido por Miguel Ángel Perera y, el bendito tuitendido (desde poncistas [El Murga], hasta manzanaristas [Antonio Manzano]; pasando por talavantistas [Cristina Padín] o el seguidor del matador más underground del escalafón), cuenta con legión de partidarios, de sus respectivos padres y madres, dispuestos a alzar la voz, ginebra con seven-up en mano y un montecristo nº4, en mi caso, para criticar, defender o añorar virtudes, faenas, quites, gestas y, por qué no, fracasos de cada cual. No alcanza los límites de antaño, por aquello de la virtualización: ¿qué quedaron de aquellas lejanas tertulias en los cafés, charlando sobre el toreo de capa de tal y qué mal mató fulano? Menos es nada, supongo. Desde el amor y férrea defensa de la fiesta, cada cual, con dimes y diretes divergentes, tumbamos el manido tópico animalista de la tiranía fascista, más bien ejercida por sus líderes: no existe mayor ingrediente democrático que, como el caso, una tertulia online taurina, donde cualquiera puede expresar libremente su opinión y replicar al contrario; y, por supuesto, en la plaza: allí, el público decide, bajo su criterio, recompensa o castigo, según haya sucedido en el albero.

Gracias a Ch. Eduardo Franco, importante bastión morantista en el frente (siento olvidar a alguien más con importancia), recordábamos, seis años atrás, justo, en el día de hoy (veintitrés de agosto), Santa Rosa de Lima, aquella prodigiosa tarde de José Antonio ante "Cacareo", hierro Núñez del Cuvillo. En esta actuación, digna de admiración por cualquier aficionado al arte (más allá de tauromaquia, pues allí cupieron escultura, literatura o pintura), los trofeos obtenidos deben ser infravalorizados, degradados a un segundo plano, pues peso y valor de la obra artística, incomprendida, plasmada en la oscura arena vizcaína, se superpone, sentimental y artísticamente, a toda jurisdicción reglamentaria, perdurando en cualquier rincón recóndito de la memoria, para volver y regresar en noches de ensueño, madrugones de camino al trabajo o una cena romántica con aquella mujer de ensueño. La pesadez de recalcar que esto forma parte de mi opinión y algo subjetivo, nunca está de más, pues más de uno piensa mi en mi intento de evangelizar a nadie. Nada más lejos de la realidad: sólo muestro mi parecer, orgullosamente, y, necesario el caso, defenderlo.


Cuarto ejemplar de la tarde. Saludo capotero arrugado, ante el muy gazapón. Desagradable para el tendido. José Antonio testea de capa y no parece convencido, aunque algo hay. El manso rehúye pelea y, el público, en sus trece: pitos. En varas, parón, sin celo. Pitos again. Soltura y huida hacia Aurelio, guardando la puerta, dispuesto a proporcionar el segundo castigo: lo reglamentario en plaza de primera categoría. Con precisión cirujana y sin bajar la capa más allá de lo necesario, teniendo en cuenta la embestida reservada, embarca hacia una tercera pica, sumamente protestada (sí, otra vez). Vociferio, palmas de tango y anhelo de pañuelo verde. Matías no traga paquete. El mansote andarín atraviesa el protocolo rehiletero sin pena ni gloria, como era de esperar, carente de recorrido y una humillación a la altura del palco presidencial.

Para aquellos instantes, el morantista medio, junto a su acompañante/pareja, con más kilómetros que un translántico, satisfecho con ver a su torero a lo largo de toda la geografía española, juguetea con las manos de un lado a otro, emulando una muleta y, a posteriori, quiebra con el cuerpo hacia un lado y mata como puede, con un programa de papel, del festejo, reconvertido en estoque. "Moscardeo" o "quitamoscas", como bauticé en una plaza extremeña, creo recordar, y mulillas adelante. Error. El creador y artista, prendido por luz y musa, como todo genio (a medias, idolatrado; a medias, incomprendido y vilipendiado), es silbado debido a una gustosa tanda genuflexa, compuesta de ayudados por bajo, sin mayor intención de dos propósitos: primero, eliminar querencia hacia tablas; segundo, ahormar la humillación lo más baja posible, en pos de un correcto discurso artístico. Sabores a siglo XIX tan infravalorados, pero, tan puros y verdaderos, que no debieran caer en saco roto.

Derechazos. Media distancia. Perfecto acoplamiento. Cinco, seis y el de pecho. El silbador, txapela mediante, apura un par de caladas al cigarrillo y arranca el asiento de plástico. Lo coloca a un lado de la cara: no quiere ser víctimas de miradas inquisitorias. Prosigue el recital por aquel lado. Embestida ahormada, al gusto del consumidor (parte de mérito al matador, gracias a técnica y conocimiento: siempre utilizamos el tópico pinturero con Morante, pero su tarro de las esencias encierra mucho más), composición de figura personal y, temple, profundidad y hondura por bandera. El tendido, aun temeroso, esboza los primeros aplausos, incrédulos ante la transformación de cuatreño inválido hacia compañero de creación. Como un boomerang, tras intentarlo por la izquierda, regresa al original, ofreciendo un derechazo largo, antológico y, atrevería a decir, único en el escalafón, en estos tiempos de faenas prefabricadas. La faena está hecha, pero José Antonio, obcecado en la izquierda, exprime lo posible con una embestida protestona y a media altura, exponiendo más de lo habitual (curiosamente, algunos aficionados recriminan el escaso valor, además de técnica, esto lo añado, del matador de La Puebla del Río, ignorantes o abominados por semejante nivel de cota artística y pinturería).

Previo a dar muerte al cuvillo, caviar: molinete abelmontao, cambio de mano (remembranza al Divino Calvo), ayudados por alto con barrida de lomo, trincherillas, kirikikí... Una oda cossiana al buen gusto y la melancolía alegre, creadora de felicidad buceando en la cumbre del ayer. Hazaña harta complicada esta última. Estoconazo. Matías ofrece, los dos blancos, sin parpadear. Puerta grande, para mí, tan necesaria como innecesaria, pues, al fin y al cabo, queda, más allá de estadísticas (puertas, orejas y patas), el poso artístico, atemporal y yacente en la memoria de los grandes aficionados.

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