La desnudez de Paco Ureña


Puedo caer en loa fácil, aunque me niego. Con lo sucedido en Valencia este pasado 22 de julio, debiera hacerlo, pero quisiera retrasar más atrás la máquina del tiempo. Marcho hacia un 4 de octubre de 2015. Feria de Otoño. Paco Ureña, dos años atrás, casi, era desconocido por el gran público, parte esnob, parte de grandes estrellitas. No es figura (en camino va), eso sí: a raíz de aquella tarde, las tornas cambiaron para mejor. Me juego una mano y no la pierdo.

Si de aquello hace dos, de su confirmación, hace cuatro. De su alternativa, once. Con este galimatías numérico, queda patente la travesía espinosa del lorquino: doctorado tardío (veinticuatro años), confirmación ídem (siete temporadas para confirmar, con treinta años) y un número de festejos demasiado escaso. A pesar de querer verlo así, no todo en el toreo es hollywoodiense, con grandes emolumentos, promoción a raudales, revistas del corazón y participaciones en el mundo de la moda. Paco es la reivindicación del matador underground, emanado desde la catacumba de la marginación, a golpe de tauromaquia personalísima y especial transmisión al tendido.


Valencia, veintidós del siete del diecisiete. Gladiador / SCP

De lorquino a murciano, misma región, Ureña y Murciano, un Adolfo Martín, conjugaron el verbo torear. En su anterior del lote, tras palizón y ulterior visita a enfermería, el traje rosa chicle y oro quedó ensangrentado. Salió a responder. Seguro intuyó lo venidero. La lidia completa puede encontrarse en internet. He decidido resaltar un único fragmento, pues muestra la autenticidad de un matador. Parafraseando a Juan Belmonte: "si quieres torear bien, olvida que tienes cuerpo, se torea con el alma; como se sueña y juega, como se baila y canta". Vistió de luces, pero aun así, estaba desnudo, pues la muleta era dirigida por su ánima. Los pies juntos y el posicionamiento de frente ante la res (remembranzas de Chicuelo, de la Alameda, residencia de grandes toreros). El contacto directo con el piso, sin zapatillas intermediando, como si la arena venteña insuflara inspiración. La templanza en los naturales. Qué mano izquierda. 

De pecho y desplante torerísimo. Ureña rompió a llorar, conocedor de este oficio, siempre bello, romántico y algunas veces tanto ingrato. Saboreó las mieles del éxito verdadero por primera vez. El tiempo ha demostrado que no ha sido la última. Una tauromaquia de quilates, con pureza, temple y valor, no puede diluirse entre las medianías insípidas. The show must go on.

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