Puntos sobre las íes

Juan José Padilla y Serafín Marín | Pedro Ruiz

Por quincuagésima vez, observará esta foto
. Desconozco su índole militante: taurina o anti. Me da igual. Si pertenece al bando opositor, atienda con mayor atención. Harto de escuchar en el establishment mass media sobre la calurosa e íntima relación de la derecha política, el conservadurismo y la fiesta, habrá confirmado aquella hipótesis pretenciosamente cacareada por ignorantes interesados, la mayoría de las veces, desconocedores idiosincrásicos sobre la temática tratada. Lo siento, anticonpedigrí/neoanti: error. Equivocación crucial. Antes de continuar leyendo, visite este otro escrito, titulado "Tauromaquia, cultura y política". Si aún perduran dudas en su conciencia, pues así lo creo, prosigo.

No pretendía subir la instantánea nuevamente. Sólo contemplarla, me aflige, debido a infinidad de motivos. Además, por última ocasión, será colocada por mi persona (repito, última, no quiero seguir perjudicando mi afición). Con finalidad didáctica, articulista o llámese equis, para nada dañina o perjudicial hacia ninguna persona en particular. Quede claro.

Juan José Padilla, portador de la bandera, exime toda culpa propia, excusando su gozo y escasa atención a la enseña por la emoción producida al cortar trofeo en el festejo, celebrado en una localidad perteneciente a la provincia de Jaén. Individualmente, cada cual decide creer la versión oficialista o "conspiratoria". Cuesta, en primer lugar, ignorar el significado del Águila de San Juan, versión Francisco Franco, sobre la rojigualda. Segundo: ¿no percatar el estampado? Tampoco. Líbreme Dios de otorgar carnets sobre qué debe pensar.

Ojalá todo hubiera quedado ahí, porque la polémica desató mi desaliento hacia ciertos aficionados. Ojo, la libertad ideológica posee un status quo constitucional innegable, ya defienda el fascio, la hoz y el martillo o el anarcocapitalismo. No importa. Sí, mostrar públicamente, en un ruedo, representante de un rito milenario, cultural y, por tanto, por encima de cualquier división política o nacional, ciertas insignias dañinas para una imagen, de por sí, a la deriva. Sí incumbe encubrir el acto, para dársela de "afishionao" profesional y guay, justificando la inspiración e igualdad (situación contradictoria, por cierto, pues distinto es plagio de inspiración) simbólica de la bandera del régimen nacional-católico en la heráldica de Fernando e Isabel, Reyes Católicos. Incierta, la igualdad; repugnante, la inspiración, por tergiversar la historia; e ignorante, históricamente. 


Diferentes escudos de España a lo largo de su historia | lasprovincias.es

Comencemos repasando la historia: en el siglo XV, el Reino de España, conocido hogaño administrativamente y legalmente con tal nomenclatura, era tan ficticio como inexistente. Reino de Castilla y Reino de Aragón estrecharon lazos, con sus propias cortes, impuestos y administraciones y, una misma dinastía, Trastámara. Eso sí: la unión dinástica favoreció la germinación de una futura unión y, por fin, España. La rojigualda tampoco ondeaba en ningún acuartelamiento, palacio o acto. Nació bajo el reinado de Carlos III (dinastía borbónica), en el siglo XVIII, 1785. ¡Tres siglos después! ¡Y algunos continúan empeñados en equiparar! Sigamos. El blasón, ciertamente, guarda similitud, mas no es el mismo. En la imagen superior, puede observarse y compararse. La corona, tanto de escudo heráldico como águila, son diferentes. El lema de Franco ("VNA, GRANDE, LIBRE"), aparece en la parte superior, mientras el de los padres de Juana, en la inferior ("TANTO MONTA", monta tanto, Isabel, como Fernando, en honor a la importancia femenina en la gestión político-administrativa de la corona). En la heráldica franquista, encontramos las cadenas de Navarra. En el otro escudo, aún no, pues la incorporación del Reino de Navarra, oficialmente, sucedió bajo el reinado de Carlos I (primero, por la derecha, en la primera fila), nieto de los anteriores mandatarios quien, además, heredó, de sus abuelos maternos, entre otras tantas, posesiones italianas, borgoñesas y flamencas. De ahí, aquella catredalicia variedad en las armas.

Desmontada tamaña equivocación, topamos con el  presunto rédito electoral futuro de ciertos partidos políticos, fomentando erróneamente la identificación de la tauromaquia con determinado pensamiento. Todo vale, parece, por un escaño y su correspondiente dieta y pensión vitalicia, ¿eh, Pablo? ¿no es así, Teresa, aunque grandes e ilustres andaluces, como Rafael Alberti o Federico García Lorca, mantuvieran estrecha amistad con matadores insignes y fueran hijos de la Generación del 27, cuya inauguración presidió Ignacio Sánchez Mejías en el Ateneo de Sevilla, homenajeando el cuarto centenario del fallecimiento de Luis de Góngora? ¿o qué, Rufián, cuando matadores como Serafín Marín han realizado paseíllos con bandera y gorro catalanes (y no le he visto ensalzarlo en su día); o tu pequeño dios, Companys, quien fuera gran aficionado a la fiesta, incluso presidió un festejo en Barcelona, capital de tu república socialista de Imaginarium?

Nunca cesaré de repetir: en el toreo, no existen banderas políticas, ni rojas, ni fachas, ni libdems. Un maestro, en correcta sintonía con el rito, jamás debería acoger ningún blasón (ni la pirata, hablando del caso) mientras pise albero. En casa, como escribí, lo deseado. Bajo mi pensamiento, tales chabacanerías públicas restan seriedad y respeto a este fatídico juego de la vida en pos de culminar una obra artística, donde ser humano y animal interactúan, inteligencia y fiereza conjugadas, mostrando al público asistente sus máximas insignias biológicas, por ambos lados, el coeficiente intelectual, lidiador, y la sinrazón, fiel al instinto animal por antonomasia. No creo en aficionados enervados según qué símbología anude el cuello del matador de turno, sino en independencia y rigor, tan escaso en la sociedad actual... Guste o no, la fiesta, en parte, refleja la sociología de época. Efectivamente, existen filofranquistas agasajados, como en cualquier lugar. También marxistas, socialdemócratas o un arquitecto mormón (con todos mis respetos a la libertad de culto). Mas no debe importar a "naide": acudimos al tendido, esto es, observar al toro y si el diestro ajusta su lidia a las características de la res, como mandan los cánones. Más nada. Si mi compañero de localidad se inclina preferencialmente hacia la homosexualidad, magnífico. No quiero saberlo; tampoco me importa. Guárdeselo en casa y, eso sí, discutamos sobre la faena de dos orejas, la espada tendida y la profanación del indulto, concedidos en pack de tres, como en el súper, en esta última época.

Ignorar ciertos asuntos de capital importancia sobre nuestro devenir no daña estética, sino interiormente. El amiguismo de ciertos periodistas taurinos, a cambio de una llamada semanal, y la parcialidad descarada hacia determinados espadas, también. Recuerdo, hace poco más de treinta días, la retirada de Morante y aprovechar para castigar. Una vez fuera, claro. Si hubiera continuado temporada, ¿quedarían grabadas esas palabras con tal dureza? ¿Por qué ahora no habla de su amigo, con severidad merecida, sobre el acontecimiento? Quien calla, otorga y silenciar denuncias hacia desfachateces no nos hace peores, ni menos aficionados. Ensalzando la incoherencia, ¿qué joven va a sentir atracción, si ve corporativismo, y no castigo, con un enaltecimiento de autoritarismo (desconozco la intencionalidad real, reitero)?

PD: Como colofón y, a mi pesar, enlazo varios hilos de tweets (sucesión de respuestas, al mismo escrito, con temática relacionada), donde algún catedrático, verdadero conocedor de la gran esencia taurina, cortocircuitará al conocer ciertos datos biográficos. Para leerlo, si no posee perfil en Twitter, en su extensión, sólo debe clicar en el recuadro y aparecerá íntegro. No quería perder hitos históricos reseñables en el mar cronológico de ciento cuarenta caracteres.






Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Qué aportaron Gallito y Belmonte al toreo?

La inmortalidad del clasicismo

El carro de Aguado