Me dieron una ocasión

Camarón de la Isla, artista y garboso, ejecutando un derechazo con la muleta

"Toíto lo que tú me pidas,
yo te lo daré.
Si me pides olvidarte,
te lo negaré.


Chiquilla, no seas tan loca
que, por tu forma de ser,
te tienen de boca en boca.


A la luna, luna de enero,
con mi capote y muleta
iba a los encerraeros,
porque a mí me gustaba esa fiesta
y toíto mi afán era de ser torero.


Me dieron una ocasión 
pa' salir a torear.
Se me quitó toa la afición,
no lo quiero recordar.


Hay que pensar
que, la afición de los toros,
pa' to el mundo,
no es igual.


Te extraña que yo te dejara 
a ti de querer.
La culpa no será mía,
porque tendré que volver
con la que a mí me quería"




Paseando por un famoso establecimiento comercial, en período de rebajas estivales, me disgusta parar a observar textil. El género termina pronto y, para más inri, el gentío enardece como si fuera la vida en ello. En cambio, aprovecho para observar otras secciones: librería, música... En esta última, encontré una edición XXXV Aniversario de "La leyenda del tiempo", famoso LP de José Monge Cruz, Camarón de la Isla, publicado en 1979. Quien ame, no ya el flamenco, como particularmente un servidor, sino padezca melomanía, debe escuchar los diez tracks que componen la obra maestra. De cabo a rabo. A modo de guiño cultural y literario, existen varias musicalizaciones de poemas de Federico García Lorca, como la propia canción que bautiza al disco, "La leyenda del tiempo", "Romance del amargo", "Homenaje a Federico" (mayor contundencia nominal, imposible), "Mi niña se fue a la mar" o "Nana del caballo grande".

La susodicha edición especial, cuya adquisición recomiendo encarecidamente (desconozco si seguirán permaneciendo stock en su tienda musical más cercana, ergo dese prisa), contiene, además de disco de vinilo, CD y DVD, un curioso libreto, con frases, anécdotas y fotos en torno a la producción del disco y su posterior repercusión. En cuanto a esto último, volveremos más tarde.


Vestido de luces en su niñez: la ilusión de un chaval

Camarón de la Isla nació en La Isla (de ahí ambos apodos: así cotinúan nombrando, coloquialmente, a San Fernando, por su situación geográfica; lo de Camarón, un tío suyo, debido al rubio de su cabellera), en el año 1950, con los efectos devastadores de la posguerra aún presentes. La Bahía de Cádiz, como hoy, siempre afectada por el mal del desempleo, y la época, provocó un alto nivel de analfabetismo (el propio cantaor no supo apenas leer ni escribir y fíjense cómo transmitía), amén del absentismo escolar y la necesidad de llevar dinero a casa. Mera subsistencia. A mitad de siglo, su padre, del mismo nombre, regentó una fragua. Bien podría haber continuado el negocio (a veces, ayudaba, mas intentaba escabullirse para alimentar sus otras pasiones). No fue así: los chavales, por imitar y salir de lo miserable, soñaban ser cantantes, futbolistas o toreros. Había que marchar a Madrid, epicentro del artisteo, peaje obligado para triunfar nacionalmente, granjearse unas perras y mandar, de vuelta al hogar, las pesetas de rigor.

Si por Monge hubiese sido, de profesión, matador antes que cantaor. Así lo atestiguó en incontables ocasiones y, en un documental reciente, publicado por Canal Sur, conmemorando el cuarto de siglo de su fallecimiento, un amigo relataba cómo los chavales quedaban en el barrio y andaban, hatillo en el hombro, para saltar el cercado y torear. Le pirraba una muleta y sentía fascinación por los matadores. Sobre todo, desde que El Cordobés aportó 1.000 pesetas al chavalillo, entonces comenzando en la afamada Venta de Vargas. José no tuvo el mínimo valor. Lo intentó de novillero y, el par de veces atrevidas a salir del burladero, no pudo con aquello. Si eso, a duras penas. De las cualidades para el cante, ni hablamos: en su discografía queda constancia

En una entrevista a su viuda, La Chispa, vislumbra varias anécdotas sobre su afición a la tauromaquia: "a él le hizo mucha ilusión cuando Curro Romero nos regaló un capote en nuestra boda"; "quería ser torero, pero le daba mucho miedo, mucha "jindama" el torero, entonces, cuando toreó dos veces, dijo: 'es más fácil cantar'"; "incluso llegó a torear en San Pedro de Alcántara".


Festejo en San Pedro de Alcántara | ABC

Sobre esta última declaración, digna de anecdotario taurino, he ahondado. San Pedro de Alcántara (Marbella), Costa del Sol. No debió primar la exigencia, desde luego: ya conocemos la idiosincrasia de los cosos en aquella zona malagueña. Lo reseñado sucedió un 18 de octubre de 1975, junto a Miguelín, Curro Romero, José Antonio Galán, Juan Jiménez y Alfonso Galán. La plaza, llena (lógico) y los novillos, preparados, pero, por suerte o desgracia, el novillo con menor trapío, preparado para el cañaílla, no le tocó. Al contrario: el peor de la tarde. Según ABC, cumplió y mató al de su lote. Eso sí, ahí quedó: debut y retirada simultáneos.

Detalla Francis Mármol, en el periódico de los Luca de Tena: "la faena resultó, al parecer, algo accidentada y se contabilizó algún revolcón. Igualmente, sumó, en su haber, más de un pase de auténtico arte, que pareció recordar, por mucho tiempo, a todos sus amigos".


Frase del libreto | Galleo del Bú

Afirmé mi regreso al libreto. Esta frase llamó mi atención al instante, despertó la mente y, desde entonces, aún no he podido borrarla. Casualmente, como a diario, escucho al genio y, no sé de qué manera, llegué a una bulería, titulada "Me dieron una ocasión", cuya transcripción y documento audiviosual, con franjas de Camarón toreando en el campo, he molestado en aportar al comienzo del escrito.

"La leyenda del tiempo" fue, a finales de los setenta, una revolución en el flamenco. Los puristas se echaron las manos a la cabeza. "Esto no es flamenco", afirmaban. Palmas, guitarra y voz, mutaron en elementos instrumentales electrónicos o sonidos árabes e hindúes. Algo exótico para aquellas mentes cerriles, aduladores de Caracol, La Niña de los Peines y compañía. No resto importancia en la historia a los mencionados anteriormente, ojo.

Quien posee el amor hacia la tauromaquia en sus adentros, aunque no sea matador, ganadero, veedor, banderillero, alguacilillo o arenero y no cruce la frontera de simple aficionaducho, piensa en torero las veinticuatro horas del día. Y la oración me recordó a Juan Belmonte y su revolución incomprendida, eje del toreo pocos años después, en la Edad de Plata. Decía Guerra aquello de "corran a verlo: a este pronto lo va a matar un toro", para desembocar, a través de literatos, pintores, poetas y algún otro hagiógrafo en el culto a la figura de El Pasmo, hasta el punto de atribuir, erróneamente, la excusiva invención del toreo moderno, cuando Gallito toreó en redondo, elemento fundamental en la tauromaquia actual.

El trianero de la Calle de la Feria (pues los de la otra orilla de Hispalis nacen donde les da la gana), acompañante de su padre en el puesto de quincalla, en pleno Altozano, comenzó a torear con temple, piernas quietas, sobre las muñecas y cruzándose al pitón contrario (y, recalco nuevamente, en ochos, esto es, uno de reunión y otro de expulsión; no en redondo, como Joselito, magnífico compendiador de toda la tauromaquia del XIX y también fundador underground, por su ignorancia mediática, repito, del toreo moderno). Los eruditos, gurús, en ejercicio de ignorancia, no supieron valorarlo y, con escaso paso del tiempo, el kamikaze mutó a leyenda imborrable en la memoria de cualquiera ose tildarse aficionado a la tauromaquia.

José y Juan. Juan y José. No Gómez Ortega, en este caso, sino Monge Cruz. Parafraseando al gran crítico José Alameda, quien afirmaba la existencia del "hilo del toreo", enaltezco lo propio con el pensamiento, pues el mismísimo Belmonte, fallecido en 1962, tan propenso a frases dignas de anecdotario, hubiera firmado la referida de su puño y letra, adaptándola a su profesión: la frustrada de otro revolucionario.

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