Quilates, toreo y establishment


Si usted oficia de matador de toros o novillero, además de poseer quilates en las muñecas, esto es, cadencia, compás, temple y un gran gusto ejerciendo su profesión, no piense en torero. Échese las manos a la cabeza cuando le halaguen por presunta torería, ya escasa, tanto dentro como fuera de la plaza. Carece de importancia. Sería mejor copar portadas de papel cuché, contrayendo nupcias con cualquier famosilla de medio pelo o, visto el desarrollo del establishment taurómaco, pegar un 'pelotazo' con alguna aristócrata. Retírese y no juegue más la vida en vano. A los mandamases, sin afición a esto y pensando sólo en dinero, no le importa lo más mínimo, maestro o futuro maestro.

Dentro de este mundo, impresiona la suprema facilidad para ser aficionado, por encima de ganadero, empresario, apoderado y, por supuesto, matador. Desde nuestra pasividad, ausencia de crítica, autocrítica y, a veces, falta de empatía con el de ahí abajo, ignoramos la cara be del atrezzo, donde no existen fincas, contratos, ocho trajes nuevos cada temporada, ni tentaderos caídos desde la copa de un árbol. Buceando en el escalafón, topamos de bruces con una realidad, para algunos, merecida y, para otros, inmerecida. Tampoco nos colocamos en el lugar de ganaderos de encastes old-fashioned, reivindicados por el fundamentalismo torista a quemarropa y sin vender más de tres corridas, o festivales, en plazas de tercera categoría. O un apoderado independiente, fuera del establishment, como Néstor García, quien gestionó la carrera del malogrado Iván Fandiño (QEPD). Volveremos a ambos más tarde.

En estos tiempos, multitud de frases han quedado grabadas en rincones recónditos de mi pensamiento. Vuelven, se van y vienen: "en mis tiempos, los triunfadores de Sevilla, entraban en Madrid y, si allí culminaban igualmente, aparecían contratos hasta en la sopa", comentaba un gran aficionado, con quien mantengo tertulias asiduamente. Inmediatamente, replicaba: "ya, eso en tu época; ahora, las cosas no funcionan así".

Leyendo una entrevista a Álvaro Acevedo, sensacional periodista de Cuadernos de Tauromaquia, queda más patente la putrefacta situación actual: "porque el sistema va en contra del apoderado independiente y hay que eliminarlo. La aglutinación de toreros de clase alta, media y baja hace que el orden habitual de la fiesta esté alterado. El apoderado independiente desaparece. No es que rompa una figura y lo coja una gran empresa, es que se pegan tortas por apoderar a toreros de tipo medio. Apoderas, por ejemplo, a seis, y les hace, entre todos, por ejemplo, 100 contratos. Le liquidan 20.000€ brutos de media y cuando le quitas la cuadrilla, comisión, viajes, vestidos... a lo peor hay que decirle a la cuadrilla que se va a quedar sin cobrar varios sueldos o que tienen que torear, para que salgan las cuentas, por un fijo al año. Sin embargo, al empresario-apoderado-comisionista sí le salen las cuentas: 100 corridas, a 20.000€, son 2.000.000€ y sólo un 10% de comisión (a veces, el 15%) son 200.000€. Para ellos, un buen negocio. Los toreros acaban reventados y, además, estando en sus manos, abaratan los carteles, se intercambian los toreros, marginan a los que no están en el sistema... Es terrible".


Pepe Moral, en San Fermín | @ppmoral

La lista de matadores, marginados por el sistema, está repleta, pero con todos mis respetos a Juan del Álamo (triunfador en este San Isidro), Gonzalo Caballero (quien brillara el año pasado en Santander y no respetaron absolutamente nada), Antonio Ferrera (entrando en las ferias, pero en carteles de segundo nivel) y otros tantos restantes, quiero reivindicar la figura de Pepe Moral, por afinidad a su tauromaquia, en primer lugar; por méritos propios, para continuar; y, en tercer y último lugar, por torero de esta tierra tan fecunda en diestros de categoría, Sevilla, pues las raíces siempre influyen.

El 'Caso Moral' ejemplifica, a la perfección, la depravación de valores éticos y morales en la sociedad. La tauromaquia, como parte de esta, manquerrabien algunos, no es impermeable y se ve afectada. ¿De qué hablamos? Ausencia de meritocracia, importancia de lo económico, por encima de todo, pérdida de la esencia añeja, castiza, clásica, y, por supuesto, un enchufismo tan caciquil como recalcitrante, con la figura del empresario-apoderado como bandera. Este asunto debiera ser legislado por quien le correspondiera. Difícil lo veo, pues los paladines de la tauromaquia en el hemiciclo no ostentan más que una defensa superficial, suficiente para captar los votos del sector.

A principios de la entrada, he adjuntado, a mi juicio, una faena cumbre de Pepe en la pasada Feria de Abril, con Amapolo, de Miura. Última corrida del ciclo. 7 de mayo de 2017. Hierro sevillano, 175 años desde su fundación y tres matadores de la provincia: el propio Moral, Antonio Nazaré y Esaú Fernández. Rápidamente los de Zahariche desarollan sentido, por lo que realizarle una faena aseada, con temple y gusto, se antoja imposible. Ese día pudo ser. 

Analicemos lo acontecido en el vídeo: El palaciego recibe con una larga cambiada en tablas, seguido de tres verónicas con un vuelo garboso y dos medias abelmontás, acabando con una revolera. En varas, gallea (recuerdo, un Miura) de manera excelsa, aunque finalmente no quedara en suerte, pues el toro continuó encelado en el engaño. A comienzo de faena, toreo en ocho (uno reunión y otro expulsión) para sacarlo a los medios, con ayudados por bajo, rodilla flexionada, y pases de pecho muy templados. La seriedad y clase de Sevilla siempre valora detalles de esta clase, ignorados en otros cosos. Sacar a los medios toreando, sin tirones, simboliza torería e implicación desde el primer momento. Fuera de querencia, muleta con la izquierda y culminación de la obra. Tres naturales a cámara lenta. Erróneamente, pasa a la mano derecha, para regresar en última instancia al mejor pitón. Allí, como antes, cumbre. Falla la colocación de la espada, por eso se privó (para algunos, injustamente) del par de trofeos y la consecuente apertura de la Puerta del Príncipe. La presidenta ejerció su potestad, como establece el reglamento, y ahí quedó, grabado en la memoria de buenos aficionados. Nada de matadores valerosos, con todo el mérito del mundo, con el arrimón tipo a una res de dimensiones desproporcionadas, sino consecución de buen gusto, con aroma clásico y torería.

A continuación, los mejores naturales de San Fermín. Hasta ese momento de temporada, los dos únicos contratos. ¿Para qué sirvió? Tristemente y, a los hechos me remito, para nada. La alimentación de la conciencia, el deber cumplido y mostrar al aficionado el ejercicio sobresaliente de tu profesión. En cuanto a contratos, parecen importar más, para el estamento, Rivera Ordóñez, en la temporada de su despedida, quien hace mucho aporta nada a la tauromaquia y El Cordobés. En este último, prefiero ni detenerme. No es de extrañar la devolución de la Medalla de las Bellas Artes por parte de Paco Camino y José Tomás cuando también se la concedieron a Francisco Rivera Ordóñez, pues ¿cuántos matadores con mayor antigüedad mereciéronla más? Igualmente podemos extrapolar a la contratación: ¿cómo vamos a creer en esta tauromaquia, donde los dos citados anteriormente torean más que quienes conquistan plazas importantes? ¿es esta la fiesta venidera en el futuro?

Hace unos días, Diario de Sevilla publicó una entrevista al matador, donde quedan algunas respuestas esclarecedoras: "por una parte, sí: antes de Sevilla, no toreaba absolutamente nada, pero, por otra parte, únicamente me han contratado en Pamplona y en un mano a mano, en Bélmez, con Ureña"; "a nivel empresarial, me están poniendo un poco el freno: muchos empresarios nos dieron fecha y luego nos la quitaron"; "lo conseguido en ninguna de las dos tardes ha servido para estar en Madrid, en la Feria de Julio de Valencia, ni en sustituciones"; "no pido ganaderías, sólo un hueco para expresarme y abrirme camino"; "tal como está el toreo, se necesita una empresa detrás. Está todo monopolizado. Hay cambios: yo te pongo al tuyo y tú al mío. Hace unos años me decían que no me ponían en las plazas grandes porque no toreaba. Ahora, que no me pueden poner ni cortando orejas"; "dado que, desde que tomé la alternativa, en 2009, sólo he toreado 31 corridas y nunca he llegado a sumar ni diez en una temporada, mi ilusión es pasar de 25 en los carteles que sean y merezca".


Iván Fandiño, junto a Néstor García | ABC

La sensacional entrevista de Manuel Molés a Néstor García, hace un par de noches, me instiga a culminar esta entrada. Con respecto a los seis toros de Iván en Madrid, su apoderado comenta: "hizo tres temporadas excelentes (2012, 2013 y 2014), sin manera de encontrar carteles distintos. Fue una necesidad de encerrarse con los seis toros en Madrid. Tras el fracaso, el sistema tenía que pagar aquella osadía para que se le quitaran las ganas de volver a intentarlo". Con respecto a Pamplona, además de mostrar pena por la irrespetuosidad del inexistente minuto de silencio, "le dolió más que no lo hubieran llamado, después de todo lo que dio", apostilla Néstor. 

"En Francia, fallaron las empresas; el público, nunca", comenta también. "¿Hubo vetos?", cuestiona Molés. "Hablar de los vetos... Ya te he dicho los números. A partir de los números, uno puede decidir. Lo que está claro que Iván hizo muchísimas cosas en el toreo y hay toreros con los que no se encontró. ¿El por qué? Pues yo creo que más bien habría que preguntárselo a ellos", contesta el entrevistado. Sin duda alguna, la frase más certera y verdadera la dejó en los últimos compases de su comparecencia: "Iván, en la plaza, hizo muchas cosas, pero fue un icono de otras fuera de ella. Representó unos valores que no existían y, entonces, muchos toreros que empezaban, se querían parecer a Iván, por la forma que logró conseguir adonde llegó".

Así está esto. La fiesta se enfrenta a dos frentes: el exterior, con animalismo y ecologismo ignorantes (realmente y, créanme, el menos preocupante); y el interior, con el clientelismo decimonónico, digno de Cánovas, Sagasta y la Restauración que los parió. En este ámbito, entra en juego el aficionado, con buen criterio y exigencia por vitola. No creo en la desaparición de las corridas de toros, como auguran los pesimistas militantes. Al menos, donde realmente se hallan fuertemente arraigadas por tradición (Sevilla,  Madrid o Bilbao), pero, sin exigir la integridad adecuada al sistema, esto es, todo el estamento (empresario, ganadero y matador), La Maestranza o Las Ventas terminarán dando orejas como cualquier coso de la Costa del Sol.

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