Ignacio Sánchez Mejías, en Nueva York

"Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena"

Federico García Lorca

Preparado para practicar boxeo | ABC.es

Para derribar el manido tópico de barbarie e incultura, sólo necesitamos bucear en la longeva historia de la tauromaquia. Cierto es, por un lado, el surgimiento de espadas desde las capas más llanas y, a veces, analfabetas de la sociedad, pero no podemos negar la importancia de figuras como Juan Belmonte o Ignacio Sánchez Mejías dentro y fuera del planeta de los toros, en interrelación con otros ámbitos culturales.

1927. El peculiar matador abandonó los ruedos por segunda ocasión (anteriormente, en 1922). En plenitud de facultades psicofísicas para practicar la profesión, la hostilidad del aficionado ante sus comparecencias, como ya sucediera con Guerrita o su cuñado Gallito, provocó el abandono de los cosos, no sin contar con la presencia de Rafael Alberti, una tarde veraniega, enrolado en su cuadrilla.

No podemos afirmar el absoluto pensamiento en torero por parte de Ignacio, pues, desde bien pronto, destapó, en público, tremendas aptitudes e inquietudes artísticas. Sin ir más lejos, en 1925, pronunció una conferencia en Valladolid, deleitando al público con la lectura de fragmentos pertenecientes a una pieza narrativa de cosecha propia. A lo largo de esa misma temporada, el diario La Unión contó con su pluma para la redacción de crónicas taurinas, valorando, con honestidad, fracasos y triunfos propios.

En disconformidad con esta prima intromisión y, con total seguridad, animado por camaradas contertulios de la Generación del 27, tomó bolígrafo y papel para estrenarse como dramaturgo, a lo largo de 1928. Primero, "Sinrazón", en Madrid; después, "Zaya", representada en Santander. Fascinado por flamenco, deporte, literatura y teatro, pareció olvidar al toro, aunque siempre permaneció presente, en alma y mente, durante toda su existencia.

Junio, 1929. Federico García Lorca, desengañado y depresivo tras finalizar romance con el escultor Emilio Aladrén, decidió migrar, junto a Fernando de los Ríos, hacia Nueva York, enmascarado en el aprendizaje de inglés y la composición de un futuro libro de versos ("Poeta en Nueva York"). Sánchez Mejías, deslumbrado por el éxito, allende los mares, de "El amor brujo", creado por Manuel de Falla, bocetó "Las calles de Cádiz", buscando la ayuda del poeta granadino para guionizar el espectáculo. Esta obra, con La Argentinita como protagonista, provocó la migración del matador hacia Estados Unidos.

Presentes en territorio yanqui, no faltaron tertulias hasta el amanecer, imitando las nocturnas de Pino Montano. Esta vez, las paredes del Royal Café escucharon la propuesta-trueque de García Lorca a Sánchez Mejías: mi guión por tu conferencia sobre tauromaquia. El matador de toros, reticente en principio, no dudó en aceptar, siguiendo fielmente su estilo arriesgado y aventurero.

Siguiendo la línea de Pepeíllo, Paquiro, Guerrita o Domingo Ortega, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, el cariz ensayístico-pedagógico de la comparecencia del diestro en la Universidad de Columbia. O séase, la "Tauromaquia de Ignacio Sánchez Mejías", destacando grandes conceptos:

Junto a Galerín, crítico taurino | Archivo familiar Sánchez Mejías

TAUROMAQUIA.– "Es la ciencia del toreo y el toreo es la ciencia de la vida. Saber torear es saber vivir".

EL TORO Y EL TORERO.– "El toro es el principal protagonista de la Fiesta. El que embiste; el que acomete; el que quiere enganchar al torero para herirle o matarle. Es el peligro, la muerte. El torero, que sortea el peligro, burla a la muerte, traficando con ella, el hombre que crea unas reglas, un arte para no morir; el que se enfrenta con el toro, con el peligro, con la muerte y, en sus propias narices, elabora su triunfo, conquista su bienestar y gloria".

EL CABALLO.– "Pacta con el hombre, contra el toro, contra la muerte".

EL CAPOTE.– "Es un trozo de seda de varios colores, utilizado para llamar la atención del toro, para atraerlo, para invitarlo al juego, a la lucha. También sirve para trastearlo, adivinar sus intenciones, para establecer la categoría del peligro. El toro abanto, corretea, va y viene de un lado a otro, hasta que encuentra nuestro capote, como la idea vagabunda que un día se para en nuestros pensamientos. El capote es la imaginación del torero".

LA PICA.– "Es la garrocha del picador; su misión es herir suavemente al toro en el morrillo, que es el sitio de la muerte, mientras los cuernos tiran cornadas al aire. La herida hecha en el cuello del cornúpeta es como un carril, una vereda que se abre para nuestro camino, para nuestra seguridad; es como un túnel que hace posible el recorrido por debajo de la muerte, por debajo de la nada, hacia la vida, hacia el ser".

LAS BANDERILLAS.– "Son las flores que el torero fácil, el torero dominador, el torero seguro... pone esquivando la muerte. Es una suerte a cuerpo limpio; es la manifestación poética del lidiador que la practica. Es sólo un derroche de alegría infantil, que se descara inconscientemente con el peligro".

LA MULETA.– "Es la herramienta en los trabajadores del toreo. El que la domina, sabe manejarla y conoce sus secretos, juega tranquilo con el peligro, con la muerte. La muleta es el pararrayos de las cornadas; la maquinilla donde la muerte se estrella".

EL ESTOQUE.– "Es el rayo de plata y sangre que tiene en la mano derecha todo el que triunfa de la muerte".

LA PUNTILLA.– "Se clava en la nuca del toro rebelde, del enemigo marrajo, del de la muerte moribunda, que se empeña en estropear nuestro triunfo con las malas artes de la resistencia".

EL PÚBLICO.– "Va al sol o a la sombra. El sol es la entrada barata e incómoda; está casi siempre situada a la izquierda de la presidencia  y la frecuenta el pueblo. La sombra es la localidad cara, confortable y presumida, a la derecha de la presidencia; la frecuentan la aristocracia, los militares, el clero y las mujeres. Las mujeres, en todos los espectáculos de la vida, tienden a acomodarse a la sombra, entre los clérigos y los aristócratas, frente al pueblo".

LA BRAVURA DEL TORO.– "Tiene un sitio donde nace; lo mismo que el petróleo tiene un sitio donde brota. La fiereza del toro la da la hierba que nace del suelo y, a tal extremo, es esto cierto que, cuando una ganadería entera cambia de un lugar a otro, aun dentro de España, se hace mansa a la tercera generación. Es de vital importancia, para la ignorancia extranjera, aclarar esto: al toro bravo se le cambia de terreno y a los veinte años nace manso. Por el contrario, al inofensivo se le lleva al terreno donde se cría el bravo y a los veinte años es una fiera. Al toro bravo de Andalucía, Castilla o Navarra, se le lleva a Inglaterra o Norteamérica y acaba dejándose acariciar por el hombre. Y a la inversa, al astado inglés o norteamericano se le lleva a los cortijos andaluces y en varias generaciones embiste como si fuera de Miura, pasea su furia por el mundo, en medio de los gritos de una civilización indefensa".

LA CRUELDAD DE LA FIESTA.– "Es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera. El día que la curiosidad del mundo repare en este pequeño detalle se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros, de ese deporte viril de una raza, que hizo de este planeta que habitamos un paseo, porque nos ha acostumbrado a jugar con la muerte, entre los cuernos de los toros bravos. En resumidas cuentas: el toro bravo sólo sirve para la creación artística a que da lugar, con una lidia de tal emoción y belleza que, aunque el toro fuese una palomita, tendría su justificación".

Observando al toro desde el estribo

Tras esta batería de conceptos desarrollados, profundizó en la obra símbolo de la literatura hispánica: El Quijote. Demostrando excelso conocimiento de Alonso Quijano y Sancho Panza, señaló: "El caballero manchego sabe lidiar y librar a su caballo de la cornada. Sabe nadar y guardar la ropa, para lo que no sirve, en cambio, su fiel criado, quien sólo se preocupa por la comida. Es la perturbación de su amo. Su rémora, su ancla. Es la amargura del triunfo de su señor. El hacha que poda todas sus alegrías e ilusiones. Don Quijote tiene su cuerpo lleno de heridas, de cornadas propinadas por los toros. Porque el toro hiere y mata. Es la muerte. Al hidalgo castellano le cogieron algunos toros y hubo uno, el terrible toro del norte, que a punto estuvo de matarlo. Pero él no se dejaba atrapar fácilmente. Para evitarlo, tiene su arte, su tauromaquia. Él sabe que, cuando los toros son fuertes y poderosos, lo mejor es cambiarlo de terreno, llevarles de un sitio a otro, abriendo nuevos horizontes a la vida. Ése es el arte de torear. Don Alonso Quijano descubrió que el mundo tiene forma de ruedo; que es redondo por los cuatro costados. Y, como sabía torear, cuando vio que el toro le comía el terreno, lo cambió de tercio; de la mitad vieja del mundo a la otra mitad; a la mitad nueva del mundo. Y eso lo puede hacer solamente el que está acostumbrado a torear a todos los toros en todos los terrenos. Así lo hizo él, aunque al precio de derramar su sangre. Don Quijote ha regado más d emedio mundo con su sangre, enseñando su arte, de ser y de estar, eternamente, por los siglos de los siglos, dormido y despierto, a toda hora y en todo lugar".

El público, boquiabierto y foráneo, atendió a sus últimas disertaciones, referentes, de nuevo, a la crueldad de la fiesta: "España, país de artistas, de cuya sensibilidad no puede dudarse, presencia las corridas de toros sin darle importancia a la sangre, porque hay otros valores implicados en la fiesta. España, Roma, Grecia... Van a la plaza, al circo, al Olimpo y enseñan, en la puerta, su certificado o credencial de educación artística. El torero se juega la vida a cara o cruz, sin más ventaja que su inteligencia. La superioridad física es del toro, que dispone de la muerte y tiene la intención de utilizarla. El toro es la bala segura que viene derecha a matarnos. La virtud del torero está en no asustarse de la muerte [...] No se puede hallar un detalle que compita en belleza con la realización artística del toreo. Es verdad que muere el toro y puede morir el torero. Pero... ¿cómo? ¿y por qué? El toro muere repleto de furia, de soberbia, de odio... por matar. El torero, vestido de sea y oro, sobre el amarillo albero, bajo los rayos de sol a cielo abierto, lucha jugando con la muerte, que traza círculos negros alrededor de su cintura".

Aún permaneció, en suelo estadounidense, unos días más. Junto a Federico, quien pagó su deuda; al lado de Encarnación López, amante, musa y protagonista de la obra; y el resto de la pléyade hispana, presente en la fiesta dada, en su honor, por el Instituto de las Españas. Regresó a España, viviendo la convulsa etapa de los treinta, hasta que ese maldito toro, Granadino, en 1934, arrancó la vida del padre de la Generación del 27.





Bibliografía

Revista de Estudios Taurinos, Nº11. Sevilla, 2000

GARCÍA RAMOS, Antonio y NARBONA, Francisco. "IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS". Espasa-Calpe. Madrid, 1988

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