Evocación al Domingo de Resurrección



Jesús ha resucitado al tercer día. El azahar, a compás con la estación primaveral, ha florecido afanoso. Es domingo, mas no uno cualquiera. De Resurrección, damas y caballeros. El cerrojo maestrante vuelve a emitir su particular sonido antes que la irrupción de la Banda de Maestro Tejera, finalizando su etapa en Semana Santa y comenzando la temporada taurina. Hace calor en sol y sombra, poblados heterogéneamente por pueblo llano y aristocracia, mostrando esa conjugación contrastada hispalense, tan característica en nuestro acervo festivo-popular (Semana Santa, Feria de Abril y Real Maestranza de Caballería). Jornaleros tostados en el doce, abanicados gracias al programa de mano correspondiente. Señoritos en primera de barrera, con traje a medida y consumición a doce euros en las dependencias internas de este, nuestro bendito y magnánimo coso. Mujeres guapas y elegantes, colindando en las últimas localidades soleadas, a quienes no me importaría solicitar venia para compartir asiento y recitar El Cossío a modo de libro sagrado, mientras relaciono lo acaecido en el ruedo con una teórica made in José Alameda, Gregorio Corrochano o Joaquín Vidal. De paso, una anecdotita castiza de Antonio Díaz-Cañabate o José María de Mena. Señoritas acompañando a señoritos, perfectamente pertrechadas para cumplir su cometido: figurar en día de postín y no representar más su teatrillo particular hasta el año venidero. A caballo entre extremos, fulanos como servidor, ubicados en sol y sombra del seis o nueve, según se dé. Ejerciendo como clase media. Desconozco si fue José Ortega y Gasset quien equiparó el pópulo de la plaza de toros a la sociedad española, pero no se equivocaba.

También sentenció Gallito lo de las gachís (“algunas veces, en esas tardes fatales que tiene uno, cuando casi con las lágrimas saltadas se dejan los trastos de matar y se refugia uno en la barrera, al volver la cara al tendido, en medio de la hostilidad de los que gritan, se tropiezan nuestros ojos con los ojos bonitos de una gachí que, con la caricia de su mirada compasiva, quiere consolarnos”), no sólo aplicable para matadores y muy en relación con las damas referidas anteriormente. Día señero en absoluto significa triunfo asegurado, aunque sí ilusión a raudales (corrida de expectación, corrida de decepción). Suceda cuanto quiera, bueno o malo, ahí están ellas: acicaladas hasta los tuétanos, bien vestidas y portando abanico en gran porcentaje, recordando aquel lenguaje de signos ya prácticamente extinguido. El toro no vale un ápice. Incluso el matador ha optado por la espada buena, la de verdad, desde primer momento. Ha pegado cuatro pases quitamoscas y, de repente, te abstraes del meollo hasta el próximo, perdiendo la mirada en aquella de tres filas abajo o seis asientos a la derecha, también harto desencantada con la primera bala desaprovechada por su matador favorito. En el momento menos esperado, ha percatado tu mirada. Debes echarle bemoles, porque un mal movimiento delata al más ducho. O mantienes la mirada unos segundos e, inmediatamente después, apartas esta progresivamente, disfrazándolo como casualidad; o, en cambio, nada más observar aquella reciprocidad, desvías mucho y rápido las pupilas, pretendiendo desdibujarlas del globo ocular. Cuán sencillo y bonito fue siempre un intercambio de miradas, paladeando el lento perecer mental de aquellos ojos verdes, tono Real Betis Balompié, o azul añil. 

 Antes de acceder a mi localidad, he practicado mi particular ritual. En El Picadero de Calle Almansa, cerca del templo, gusto de beber par de whiskycolas. Tengo que consumir en las mesas externas, situadas en la vía pública (a Juan Espadas no le gusta esto), para poder fumar, sin problemas legislativos, dos o tres cigarrillos. Llevo pensando en la corrida desde días atrás y, en estos momentos, confluimos varios aficionados, venidos desde todas partes de la geografía nacional e internacional. Con mayoría local, algunos van pasados de rosca e interaccionan, empujados por el efecto desinhibidor del alcohol, alardeando amistad de equis matador, apoderado o ganadero, relatando alguna anécdota acogida con escasa veracidad. Pasados los años, de esta guisa, descubrí cierta una vacilada contada por un señor mayor y, desde entonces, escucho atentamente, aunque continúo sin creer acérrimamente. Los tejemanejes, berenjenales y vergüenzas no son aireadas bajo el manto del atrezzo público de los medios de comunicación, sino en esta clase de seudotertulias contemporáneas. 

Seguidamente, en estado de semi-inspiración, más a gusto que un arbusto, auspiciado por ese matrimonio de conveniencia entre alcohol y tabaco, ando hacia Calle Castelar, lugar del famoso hotel donde descansan la mayoría de matadores actuantes. Desde que partí de casa, llevo almohadilla y capote en una bolsa. Pinzando un rotulador negro cerca de la esclavina, lo tomo y coloco el capuchón en la parte contraria para buscar la firma estampada por la parte anterior. En infinidad de ocasiones, he disfrutado más estos momentos que una corrida monótona y sin ángel. Con mucho respeto e intentando atosigar lo mínimo posible, uno observa la cara contrariada del espada que, amablemente, atiende a toda clase de aficionado, tanto educado como maleducado. En Sevilla, casi todos lucen traje de estreno y, gracias a los rayos de luz artificial o natural, oro o azabache deslumbran esplendorosamente, irradiando, si cabe, mayor majestuosidad a la escena. Sientes cerca a un dios terrenal, artista y gladiador simultáneo, palpando discretamente para comprobar que también es de carne y hueso. Los picadores han partido algunos minutos antes, a pie y con pata de hierro a cuestas. Cuadrilla y matador aguardan dentro de la furgoneta hasta que el gentío se diluye y pueden iniciar tránsito hacia Calle Iris. 

Reconozco que, con el paso del tiempo, he dejado de acudir a Calle Iris. Con mucho disgusto, eso sí. Un marco inigualable como precuela al rito. Callejoncito corto, atestado de gente y con una vivienda antiguamente en propiedad de Antonio Ordóñez. Los toreros andan lo más rápido posible, escoltados por la Policía Nacional y algún subalterno con malas pulgas, por lo que resulta casi imposible estrecharle la mano y, mucho menos, obtener algún recuerdo de la tarde. No dispongo de tiempo material para caminar desde Castelar hasta Iris. Además, las furgonetas arriban justas de tiempo y, en ocasiones, juntas. La contrarreloj desde ahí hacia el tendido supone un barullo desagradable en días de gran afluencia de público, véase Resurrección. Ojalá hubiera poseído la virtud de la omnipotencia y poder disfrutar de momentos tan especiales. 

Tras superar con éxito el pasaporte hacia el interior del coso, subo las escalerillas eternas hasta desembocar en el vomitorio de mi grada. Actúa este lugar como la antesala al mismísimo cielo. Cuando sobrepasas el acceso, no queda sino postrarse ante la armonía de un paraíso terrenal. Todo fascina, desde la arquitectura hasta el albero ocre. Las gentes esbozan sonrisas cómplices y recíprocas, denotando admiración hacia el lugar donde tomarán asiento. Mirarán extrañados durante el paseíllo, echando de menos a su Morante, torero sevillano y de Sevilla, que no es lo mismo. ¿Quién, décadas atrás, hubiera imaginado una fecha tan señalada como el Domingo de Resurrección sin Curro Romero, Pepe Luis Vázquez, Gallito o Juan Belmonte? Suena la música, enciendo un habano y que Dios reparta suerte. A disfrutar.  

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