¿Qué aportaron Gallito y Belmonte al toreo?

"En esta religión pagana, que es el toreo, Joselito es Dios Padre; Belmonte, Espíritu Santo; y Manolete, Jesucristo"
Delgado de la Cámara


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Se cumplen cien años del trágico fallecimiento de José Gómez Ortega, Joselito El Gallo o Gallito, en Talavera de la Reina (Toledo) ante el toro Bailaor, perteneciente a la vacada de la Viuda de Ortega. A pesar de los ríos de tinta vertidos a lo largo de la historia (algunos, con mucho acierto; otros, con cero), observo, en el ámbito del aficionado raso o consumidor habitual de toros, una confusión a la hora de atribuir méritos o revoluciones a los dos genios que coparon, en binomio, toda una Edad de Oro: el propio José y Juan Belmonte.

Es por ello que me he propuesto, a través de este sencillo escrito, apoyado en el esquema de arriba como guía, iluminar y/o aclarar, de la manera más honesta y ecuánime posible, las atribuciones en relación con estas dos grandes figuras indispensables en la historia de la tauromaquia. La imagen, repito, servirá de itinerario y orientación a lo largo de todo este paseo. He tenido a bien señalar a antecedentes y epígonos, con el objeto de indicar a quienes, de aquella manera, inspiraron y culminaron la obra respectivamente. Sólo aparecen a modo de atrezzo. Los papeles protagonistas ya están asignados.


Vasos comunicantes


Dijo Pepe Alameda que "más que los hechos en sí, debemos considerar su interdependencia; antes que el drama, el hilo", en clara alusión a su agudísimo concepto del hilo del toreo, donde, mediante observación directa o transmisión oral, ciertas características estéticas o técnicas son heredadas de generación en generación de toreros. En unas líneas más abajo, podremos comprobar la gran visión del crítico hispano-mexicano a la hora de escribir esas palabras.

Por otro lado, hemos de tener clara la premisa de que José y Juan no son toreros tan antagónicos como la crítica oficialista ha querido vender (uno, antología de tauromaquia decimonónica y clasicismo; otro, transgresión, heterodoxia y revolución por bandera). Si acaso, en un principio. Con el paso de los años, como dos vasos comunicantes, van bebiendo de sus fuentes recíprocamente. Paco Aguado (1999) lo sintetiza a la perfección:

“[…] Tanto José como Juan son los definitivos impulsores de unas nuevas formas que ya se venían fraguando en silencio desde varios atrás, casi sin apreciarse. No existe ese antes y después definido que tanto gusta a los malos historiadores, sino, como en todos los aspectos, una larga y lógica evolución. No hay ‘revolución belmontina’ ni hallazgo gallista, sino una mecha, un detonante, que hace estallar la bomba que se ha ido formando durante décadas. Sin tópicos equivocados, ni Belmonte es el creador del toreo moderno, el que abre una época, ni Joselito cierra la anterior. En realidad, son las aportaciones de ambos, su logro de concretar y mejorar con definitiva claridad lo que atisbaron sus antecesores, las que, refundidas, arrojan la tauromaquia del siglo XX como resultado. José, prolongando el mando con la ligazón en redondo, retomando los más avanzados concepto del guerrismo tras una década de retroceso. Y Juan, cogiendo el relevo de los caídos (Espartero y Montes), en conquista del terreno del toro a través del temple y el juego de brazos”

Delgado de la Cámara (2014) también esclarece perfectamente los conceptos:

“[…] Joselito, en el fondo, ya admiraba a Belmonte, pues éste no era uno de los toreros vulgares y corrientes por los que sentía tanto desprecio. Belmonte era un torero de estética vanguardista y novedosa […] Se inició una colaboración entre ellos. Belmonte dijo muchas veces que aprendió a torear al lado de Joselito. Aquel torero torpe e inseguro, poco a poco, va adquiriendo maestría, el andamiaje técnico necesario para sustentar su nueva estética. Andando el tiempo, Belmonte llegará a ser un consumado maestro de la lidia, como demostró en sus dos últimas reapariciones. Pero Joselito también se deja influir por Belmonte. Hay un natural de Joselito, a un toro berrendo en Lima, con una estética muy belmontina. En sus últimos años, Joselito toreaba con más reposo y hasta echando la pata p’alante. La influencia estética de Juan en José también fue importante. Pienso, al igual que el maestro Juan Posada, que, si Joselito no hubiera muerto en Talavera, hubiera llegado a una gran perfección estético. Y, probablemente, el toreo ligado en redondo sin moverse, el toreo estático de Chicuelo, lo hubiera hecho antes José […] En el toreo moderno, Joselito es quien aporta el toreo en redondo y quien conserva la variedad y el conocimiento del toro. Belmonte, quien aporta la nueva estética y el irse al pitón contrario. Chicuelo, quien fusiona el toreo en redondo de uno y el irse al pitón contrario del otro, con un estilo airoso y original. Villalta, quien liga en redondo con la derecha, como Joselito y Chicuelo lo hacían al natural. Los estilistas de la Edad de Plata, quienes bajan la mano y, Manolete, ya en los años cuarenta, impone definitivamente todas estas conquistas, adobadas con un estilo vertical inconfundible y con una imponente seguridad frente a todos los toros”

De hecho, el cambio de roles llegó hasta tal punto que, en un momento dado, Gallito decidió apostar por la vida social y Belmonte, refugiarse en el campo [Paco Aguado (1999)]:

“Tanta era la fusión, o la confusión, que ambos trocaron hasta sus papeles sociales. Joselito conoció a Bergamín, a través de Sánchez Mejíias, trabó amistad con la actriz Margarita Xirgú, frecuentó los teatros y aspiró a casarse con una señorita de la alta sociedad. Belmonte acabó con los flamencos, entrando como inspiración en la órbita de los artistas del duende. Y se refugió en el campo, con botos y zahones, para terminar acosando y derribando con maestría, mientras que Gallito viajaba a Lima vestido de americana, corbata y cuello duro” 

La difícil comprensión de esta retroalimentación no fue, ni mucho menos, captada ni vivida por críticos ni la España de la época, completamente dividida en los dos partidos. Recurro de nuevo a Delgado de la Cámara (2001):

“En realidad, lo que simbolizaban Joselito y Belmonte eran dos modos de entender la vida. Además de su arte, que fue inigualable, sus personalidades antitéticas galvanizaron a los públicos. Joselito tenía a su lado a la España tradicional, a los ganaderos, a los profesionales del toreo, a los aficionados de toda la vida. Belmonte contaba entre sus partidarios a esa elite intelectual y vanguardista, y a ese público poco entendido y deseoso de novedades; y, a la vez, constituía un arquetipo de venganza social para las clases más desfavorecidas”

A continuación, una vez esclarecida la premisa principal en la fragua del toreo moderno (Belmonte no fue el único revolucionario, también José y, además, bebieron el uno del otro) desgranaremos, punto por punto, con la excelente compañía de los autores anteriores (y alguno más), cada innovación implementada por los toreros de Gelves y Triana. En el caso de Gallito, tres puntos: toreo en redondo, selección ganadera y popularización (monumentales); junto a Belmonte, dos: intelectualización (cultura) y pitón contrario (temple, piernas/brazos y paradójico ventajismo).


Gallito | Los de José y Juan


Joselito El Gallo (1895-1920)


Toreo en redondo


El gran Alameda, en otro acto de sabiduría taurina, dividió las faenas de muleta en dos líneas: natural, es decir, toreando en redondo, mediante sucesión de pases naturales, como José; y contraria o en ochos, alternando el natural con el de pecho, como Juan. ¿Cuál dirían ustedes que es el modelo vigente? ¿A quién atribuyeron en exclusiva la paternidad del toreo moderno? Exacto. Algo chirría. Pero los temas de exégesis y fantasías literarios serán tratados en su correspondiente lugar.

Influenciado por el hilo del toreo de la línea lagartijista, gallista (del señó Fernando, su padre) y guerrista, José elige el toreo en redondo como arquetipo de faena muletera para su época. Tal vez, coincidiera con Guerrita en el campo, pero de los anteriores, por motivos espacio-temporales, disfrutó poco. Belmonte, exceptuando, dos o tres ocasiones (México, 1913 y Beneficencia en Madrid, 1915), toreará cambiado durante toda su trayectoria. Paco Aguado (1999):

“La base de las faenas de Belmonte era la ligazón, pero no de series de sucesivos e idénticos muletazos, sino del pase natural con el cambiado de pecho, como único trayecto posible de ida y vuelta. Su concepto no aporta novedades en cuanto al planteamiento de las faenas, sino en la técnica del cite y del mando dentro de un mismo muletazo, concebido como individualidad, como gesto aislado, y no como secuencia de ellos. Su resolución, que no su inicio, es sesgada por su propia colocación frente al animal, por tanto nada moderna. El toro sale expulsado de un embroque rectilíneo que contrasta con la redondez que busca Gallito”

Y, cómo no, Delgado de la Cámara (2001):

“Joselito es el padre del toreo en redondo, auténtico tejido conjuntivo de la lidia moderna. De tan trascendental aportación, Belmonte ni se enteró y los historiadores de la fiesta, casi todos belmontistas, todavía menos […] Desde luego, hacía el toreo en redondo de una forma muy movida y no era el fundamento de la faena como lo sería veinticinco años después […] Queda claro que Joselito no sólo se ajustó a la tradición, sino que tuvo inquietudes de futuro”


Selección ganadera


Si afirmamos que Joselito es el padre del toro moderno, no estamos cayendo en error, como tampoco lo haríamos de negar la dimensión estética belmontina sin la ambición gallista en el campo bravo español. Juan Belmonte, en todo momento, fue consciente de que Gallito podía acabar con él en cuanto se lo propusiera, como anteriormente hizo con Bombita, a causa de los malos tratos dispensados hacia su hermano Rafael. Sin embargo, el de Gelves, como mente preclara y bendecida por Dios, no estaba dispuesto a repetir errores cometidos por otros toreros en el pasado. Como Guerrita, quien gobernara su época en solitario y acabara retirado por el hastío del público hacia su figura. El reparto de responsabilidades en la cumbre, debió pensar José, posibilitaría permanecer más tiempo en ella y, como consecuencia, más gloria, dinero y prestigio.

Sin José, Juan no hubiera sido Juan. Necesitaba el tipo de toro que el Rey de los Toreros tenía en mente [Paco Aguado (1999)]:

“Ese fundamental empeño del trianero tuvo especiales méritos en sus inicios, con un tipo de toro aún no seleccionado especialmente para el nuevo toreo: más fiero y menos armónico. Un toro que ‘no le quitó’, como decía el refrán (o te quitas tú, o te quita el toro), o como se creía que había sucedido con Espartero y Montes. Si, entonces, Belmonte necesitaba su toro (un animal más franco, noble y de embestida más sosegada) para poder concretarlo, la regularidad le llegó pasado el tiempo, cuando perfeccionó su técnica, asimiló recursos al lado de Gallito y comenzó a lidiar animales que se adaptaban mejor a los nuevos caminos del toreo y a su peculiar estética” 

En contra de lo pensado y, sobre todo, nublado por el Pleito de los Miuras, el cambio de rumbo en la selección ganadera comienza antes de la irrupción de los dos colosos, según Paco Aguado (1999):

“Pero ya en los primeros años del siglo, la mentalidad estaba cambiando. Los nuevos rumbos del toreo estaban motivando también a los ganaderos a encontrar un tipo de toro más adecuado, más dúctil. El mejor trabajo, con una base muy propicia, lo estaban haciendo ya los criadores de las líneas de Murube e Ibarra. La mayor duración de sus productos durante la lidia, su mayor nobleza y su más adecuada conformación física, convirtieron a los ‘vistahermosas’ en los toros idóneos para del cambio ganadero. Y, de esos años, deriva su actual y masivo predominio. Desde que esas dos ganaderías comenzaron a disgregarse, paulatinamente el campo bravo español se fue inundando de su sangre en detrimento del resto de estirpes. Las figuras del nuevo toreo preferían los murubes, contreras, saltillos, santacolomas o parladés, y trataban de rehuir, en lo posible, los gallardos, veraguas, jirones y navarros, que difícilmente se prestaban al progreso de la técnica y del arte del toreo” 

Vuelvo a incidir en la inteligencia de Gallito que, sumada a su vocación y sacrificio de cara a la profesión, opta por un hermetismo campero con lógica repercusión en la mayoría de ganaderos, completamente influenciados y exhortados por su válida opinión. José prosigue el hilo del toreo guerrista con la predilección por ciertos troncos de la casta Vistahermosa [Paco Aguado (1999)]:

“Por supuesto que la evolución ganadera hacia el nuevo toro ya había comenzado, y que Joselito se aprovechó de ella tanto como Belmonte en sus primeras temporadas de alternativa, pero fue José quien tomó enseguida las riendas para acelerarla y generalizarla hasta en el último cerrado de la última finca ganadera. Él fue quien marcó definitivamente sus líneas. Joselito era un obseso del estudio del toro en el campo. Sabía que, a través del conocimiento del animal, del estudio de sus hechuras y de sus instintos, de sus movimientos, de sus querencias, llegaría a unas cotas de dominio de la profesión mucho más altas que las de cualquier otro torero […] Joselito tenía el toreo en la cabeza. Todo el toreo, porque también en aquella ordenadísima estructura de su cerebro había sitio para el toro. Pero no para el toro como enemigo en general, sino para toros determinados, con nombres y números, con pelos y señales, pues recordaba su comportamiento desde becerros, desde la tienta a campo abierto, en la que tal vez él mismo los había acosado y derribado. Y conocía a sus padres y madres, a los que también él mismo había tentado. Por eso, intuía qué iban a hacer y cuáles eran las soluciones que había que aplicar casi antes de que salieran al ruedo […] Su absoluto poder en la Fiesta de su época le permitió continuar la labor iniciada por Guerrita a favor de ese proceso de cambio. Con él, se impulsó definitivamente la selección para recoger volúmenes y cabezas y, sobre todo, para pulir la bravura […] Los años de la Edad de Oro fueron los de mayor actividad de ese proceso porque el mismo Joselito fue quien impuso el nuevo tipo de toro al lidiarlo con más asiduidad que veraguas o miuras, en contra de lo que pueda hacer hacernos creer el tópico que le muestra sólo como un largo lidiador a la antigua usanza, enfrentado a toros indómitos de divisas legendarias. A raíz del tácito pacto con Belmonte, más del setenta por ciento de las corridas que ambos torearon juntos pertenecieron a ganaderías de la línea Vistahermosa o cruzadas con ella […] Joselito buscaba ‘el toro de Belmonte’ no sólo para favorecer la conveniente competencia con el trianero, sino también para ahondar él mismo en los nuevos caminos del toreo de muleta. Porque, para ese avanzado estilo de toreo, que prolonga el mando sobre la embestida y que da continuidad al castigo que supone para el animal la embestida humillada, se necesitaba ese toro distinto que debía ser verdaderamente bravo, no fiero, ni simplemente poderoso […] Bravura más prolongada, para aguantar un toreo de mayor poder, menos nervio defensivo, para facilitar el temple, y más armonía física y de cuerna, para entrar en los vuelos del engaño y facilitar unos movimientos más ceñidos y curvos, son los nuevos factores que exige al toro el nuevo toreo. Ese es el toro que comienzan a seleccionar los ganaderos, que encuentran, en Joselito, su torero predilecto, un fiel consejero para su trabajo”


Adorno de José | Serrano



Los toros vazqueños, jijones o navarros fueron quedando obsoletos para las nuevas exigencias de público y toreros. La lidia está en continúa evolución, viviendo un momento de transición entre la primacía del tercio de varas y el tercio de muleta que, con el paso del tiempo, acabará imperando. Algunas de estas castas fundacionales decidieron cruzar con Vistahermosa y, algunas, continuaron a flote, pero la línea pura estaba condenada a la marginalidad. Si José tenía clara la ruta a seguir y prácticamente, como mandón del toreo y principal reclamo, era imprescindibles en todas las ferias, no había duda [Delgado de la Cámara (2003)]:

“Joselito se decantó de una forma clara por la casta Vistahermosa y más concretamente por el tronco Murube-Ybarra-Parladé. Los 482 toros de este tronco, frente a los 85 que mató del tronco de Saltillo, el otro de la casta Vistahermosa, demuestran claramente las preferencias de Joselito A las empresas les impone sistemáticamente corridas de estas ganaderías. Y Belmonte, tan contento. Joselito exhorta y anima a los ganaderos de mentalidad antigua a que renueven sus ganaderías con animales de esta sangre. Los toros vazqueños, navarros, jijones… tienen, a partir de ahora, los días contados. Todos los toreros que sucedan a Joselito, en el mando de la fiesta, imitarán su modo de hacer hasta el punto de que, en nuestros días, casi todas las ganaderías pertenecen a la etnia que apadrinó Joselito. Eran, desde luego, los toros más bravos y los que debían prevalecer”


Popularización (Monumentales)


Disculpen si vuelvo a resultar pesado, pero la historia está plagada de aseveraciones falseadas. Se afirma que Gallito nació en el seno de una familia acaudalada, mientras que Belmonte pasó mucha fatiga. Como podrán imaginar, la balanza vuelve a ser inclinada a favor del trianero. En este caso, ambos, con sus circunstancias particulares, no vivieron una infancia plagada de comodidades. José fue hijo de torero, sí. Pero el señó Fernando falleció cuando este contaba dos años, en 1897. Además, vivió con filosofía juerguista y derrochona, con poco pensamiento en el porvenir de su prole. Tanto es así, que envía una misiva a Guerrita, mandón ya en aquel entonces y antiguo banderillero de Fernando, solicitando ayuda si él faltara. José también fue hermano de toreros, pero la genial irregularidad de Rafael no sostenía ingresos permanentes en la casa. Sumado a ello, el veto de Bombitia, que lo quitaba de ferias y carteles importantes sin ningún tipo de compasión. De ahí, la posterior vendetta en 1913. El otro hermano, Fernando, como el padre, ni siquiera llegó a sonar. Se enrolaría en la cuadrilla de José a posteriori. Los Gómez Ortega, con la señá Gabriela como matriarca, pasaron calamidades, en tanto en cuanto cambiaban de vivienda (humilde e insalubre, en patio de vecinos) cada poco tiempo, ahogados por impagos.

Por eso mismo, Gallito tuvo en mente la preocupación social. Su derecho a disfrutar. Porque lo aprendido con hambre no se olvida y, en aquella Sevilla, con la Exposición Iberoamericana en mente, los estratos más bajos también tenían derecho al ocio. El aforo de la Real Maestranza era bastante reducido y caro, siendo un espectáculo restringido a gente con posibles. ¿Por qué no construir un coso con más aforo, pudiendo rebajar el precio de las localidades? De este razonamiento, nació la breve y problemática Monumental de Sevilla, dolor de cabeza para unos y modelo arquitectónico-popular para otros puntos de la geografía nacional, como Madrid o Pamplona [Paco Aguado (1999)]:

“Seguro que Gallito tomó buena nota [en referencia a la Monumental de Barcelona]. porque, en ese momento, él también estaba embarcado en un proyecto similar: la Monumental de Sevilla. Buscando ganancias acordes al enorme tirón popular de la pareja que formaba con Belmonte, y queriendo evitar la subida del precio de las entradas en tiempos de dificultades económicas, Joselito supo ver que aquellas no podrían conseguirse exigiendo más dinero a las empresas, sino aumentando los aforos de las plazas […] Sus promotores [los de la Monumental de Sevilla] no contaron, precisamente, con lo que la Monumental podía suponer para la plaza del Baratillo y sus propietarios maestrantes, miembros de la aristocracia local, que copaban los centros de poder. Como suele suceder en estos casos, la ciudad se dividió entre los partidarios de una plaza y otra plaza, y la Monumental se decantó como bandera del gallismo frente al belmontismo de la Maestranza. Pero mucho más decisivo que todo ello era que la nueva plaza torpedeaba directamente no sólo la tradición taurina del coso del Arenal, sino también, por la reducción del precio de las localidades, el monopolio de sus propietarios. Y así fue cómo aquel excelente proyecto, dado el crítico contexto económico de la ciudad, se encontró con buen número de fuertes y poderosos opositores, tanto en la crítica como en la alta sociedad sevillana” 



Monumental de Sevilla | Serrano


Juan Belmonte (1892-1962)


Pitón contrario (temple, piernas/brazos y paradójico ventajismo)


El logro de Belmonte, por antonomasia, fue cruzarse al pitón contrario, destruyendo la vieja máxima lagartijista ("o te quitas tú, o te quita el toro"). De ese hallazgo, derivan temple, el toreo sobre los brazos (no piernas) y el ventajismo. El temple, tal y como lo conceptuamos hoy, no llegó hasta mucho después, hasta que los criterios de selección gallistas surtieran efecto. De hecho, es a partir de la Edad de Plata cuando los toreros gitanos de la línea belmontista comienzan a bajar la mano (Curro Puya, Cagancho...). El toreo sobre brazos viene relacionado íntimamente con la pobre condición física del trianero, agotado a las mínimas de cambio. No fue motivado por obra intelectual o voluntariedad, sino pura intuición vital y supervivencia. Y el ventajismo, con la conformación visual herbívora del toro.

En primer lugar, leamos cómo el propio protagonista explica a Francisco Narbona (1995), en un extracto de una entrevista publicada en El Ruedo, su endeblez y toreo sobre brazos:

“Llegué, a los diecisiete años, mirando para todos los caminos y sin saber cuál era el mío. Entonces, como ahora, estaba poco ágil de las piernas y mis amigos preferían que yo les toreara a torearme a mí ellos. Mi especialidad eran las banderillas al cambio y matar recibiendo, precisamente, lo que después no he practicado por casualidad. Me consta que hacía, con capote y muleta, todo lo de ahora y, quizás, un poco más. Aquellas faenas, por tranquilas y reposadas, resultaban emocionantes. Y como era un gran perezoso y tenía poca agilidad en las piernas, yo me contentaba con estirar mucho los brazos, quebrar la cintura y girar sobre los talones. En eso consistía mi toreo […] Aunque yo no había sido nunca un torero de muchas facultades, comprendí que así no podía salir a conquistar al público. Apenas me movía un poco en la plaza, parecía que me ahogaba. Tuve que cambiar el régimen de vida: en lugar de hacer ejercicio, descansar lo máximo posible; pasar muchas horas metido en la cama, quieto, ahorrando energía para poder cumplir… Fue entonces cuando me di cuenta que, para torear, bastaba con saber mover los brazos despacito” 

Delgado de la Cámara (2014) desgrana los subapartados de temple y punto muerto, amparado en las míticas noches desnudas, toreando en Tablada:

“Juan, toreando las noches de luna por esos campos, descubrió que, cuando se ponía exactamente frente al toro entre sus dos pitones, el toro, al embestir, se desplazaba hacia fuera y ni siquiera lo rozaba. Juan es el descubridor del punto muerto. Los toros, como herbívoros, tienen los ojos a los lados de la cabeza y, en el frente, tienen un punto muerto donde no ven nada. Quien se mete en ese punto muerto, desplaza al toro en su embestida y resulta ileso. Basta asomar la muleta hacia el ojo de fuera para que el toro se desplace. Este hallazgo permitió al torpe y desmedrado Belmonte sobrevivir en el toreo. Y es uno de los elementos esenciales del toreo actual […] El irse al pitón contrario tuvo otra consecuencia magnífica: la despaciosidad. Al obligar al toro a trazar una curva, éste ralentiza su embestida, con lo que en el tendido se tiene la impresión de que se torea más despacio. Y la impresión responde a la realidad. Con Belmonte, se empieza a hablar de temple por primera vez. Además, intenta colocarse lo más en corto posible. En corto y cruzado es donde el toro nunca ve al torero” 


El Pasmo de Triana


Intelectualización (Cultura)


Sin la irrupción de la figura de Juan Belmonte, la fiesta de los toros no gozaría de ese marchamo intelectual que, mezclado con el componente popular, se antoja como unas de las expresiones artísticas más auténticas. Categóricamente, no tendría esa conceptualización como bella arte en su máxima expresión. El coqueteo del Pasmo con la aristocracia intelectual fue un arma de doble filo: por un lado, como hemos dicho, elevó el toreo a unas cotas de consideración superiores; en cambio, por otra parte, sesgó la historia del toreo a su favor. Seguramente, no con la intencionalidad del propio torero, pero sí con el fanatismo, la fascinación y la ignorancia, a partes de iguales, de sus principales exégetas, quienes fueron legando, de generación en generación, un credo parcialmente incierto.

Sobre la relación con los intelectuales, este extracto de Delgado de la Cámara (2014) me resulta fascinante:

“Juan Belmonte no acudió a los intelectuales. Fueron los intelectuales quienes acudieron a él. Y es que la percha literaria del personaje era insuperable, con un aura trágica muy atractiva. El loco al que iba a matar un toro, que al final no mató. Encima, es un esteta consumado. Cuando se presentó en Madrid, siendo novillero, ya fueron a conocerlo los hombres de la Generación del 98. En realidad, él es un componente más de esa Generación. Comparte con ellos esa visión trágica de la vida y ese gusto por lo patético […] El atractivo de la figura de Belmonte fue tal que, toda una clase intelectual española, todas las gentes ilustradas del momento, al descubrirlo, abandonaron de repente todos sus prejuicios antitaurinos. Este mérito es espectacular. En España, durante ciento cincuenta años, la gente ilustrada no había entrado en una plaza de toros. Era cosa de gente baja, de mal gusto. Cuando aparece Belmonte, sacan su entrada para verlo. Y salen fascinados. Prendados de una fiesta única en colorido y emoción. Desechados para siempre sus prejuicios antitaurinos, se hicieron grandes partidarios de la fiesta, en la que encontraron una fuente de inspiración y la metáfora del mundo […] Hasta Unamuno, tan hipercrítico, ve con simpatía al personaje del torero como héroe que enfrenta al mundo. Valle Inclán, Azorín, Sebastián Miranda, Zuloaga, Pérez de Ayala, Maeztu, Julio Camba y, otros muchos, simpatizaron con Belmonte”

El buque insignia es la biografía novelada de Manuel Chaves Nogales. Parece no quedar claro el componente de ficción, puesto que esta clase de escritos nunca suelen ser fidedignos al cien por cien. Que no lo digo yo, sino el propio Juan Belmonte, a Francisco Narbona (1995):

“[…] Juan Belmonte me confesaba, por ejemplo, que algunas de las aventuras narradas por Chaves Nogales, en su tan leído libro de los años treinta, eran puras fantasías del escritor. 

— Despachó las conversaciones —me dijo— en tres tardes en la granja ‘Henar’, de Madrid, porque él llevaba ya en la cabeza lo que iba a escribir, no siempre de acuerdo con ‘mi realidad’, sino de un guión muy estudiado”

Vuelvo a Delgado de la Cámara (2014) que, a colación de esta magnífica novela, reafirma mi tesis acerca de la sobremitificación belmontina y la sombra de José y, más tarde, Manolete:

“Además, el libro de Chaves Nogales ejerció tal fascinación sobre los nuevos aficionados que hizo de Belmonte un mito indestructible. Joselito no tuvo la suerte de tener un biógrafo como Chaves, ni a la generación de intelectuales españoles de más prestigio a su servicio. Entre todos, hicieron una historia del toreo a la medida de Belmonte. Embalsamaron a Joselito como el último torero antiguo, negándole cualquier faceta modernista y lapidaron y denigraron a Manolete porque era la superación de Belmonte y, por tanto, la superación del mito”

Por último, Pepe Alameda (1989) termina de persistir en ello:

“Eso es lo malo, que después de los primeros años que siguieron a la muerte de Joselito, durante los cuales su aureola fue respetada, surge y se precipita la reacción belmontista, con todos los estigmas sociopsicológicos de una moda. Y una borrasca de plumas de diversos calibres, amparadas por las lejanas y subjetivas banderas de Valle-Inclán y Pérez de Ayala (primeros snobs del belmontismo incipiente), se lanza a una carrera deportiva por ver quién le busca a Belmonte más justificación de su existencia, más jerarquía para su presencia, mejor complemento a sus carencias y más aventurada exégesis para sus excelencias. Una moda como esta, entre gentes que, en su mayoría, escriben con poquita disciplina y ningún miramiento, produce resultados catastróficos” 

Sensacional media verónica de Juan Belmonte




Referencias bibliográficas


Aguado, Paco (1999) "El Rey de los Toreros: Joselito El Gallo". Madrid. Espasa-Calpe.

Alameda, José (1989) "El hilo del toreo". Madrid. Espasa-Calpe.

Delgado de la Cámara, Domingo (2003) "Avatares históricos del toro de lidia". Madrid. Alianza Editorial.

Delgado de la Cámara, Domingo (2014) "Entre Marte y Venus. Breve historia crítica del toreo". Madrid. Modus Operandi.

Delgado de la Cámara, Domingo (2001) "Revisión del toreo: fuentes, caminos y estilos en el arte de torear". Madrid. Alianza Editorial

Narbona, Francisco (1995) "Juan Belmonte: cumbre y soledades del Pasmo de Triana". Madrid. Alianza Editorial

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